“Si la política no tiene un sesgo feminista, seguirá siendo patriarcal” Lina Gálvez

El análisis de la desigualdad de género abarca transversalmente toda su actividad científica e intelectual y su compromiso social y feminista. Lina Gálvez, catedrática de Historia e Instituciones Económicas, será una de las ponentes de la Jornada sobre Género e Inclusión social que organiza Atenea el próximo 28 de octubre.

Cuál será el argumento principal de tu ponencia el próximo 28 de octubre en el acto de Atenea?

Que las mujeres tienen derecho a una inclusión social plena. En una sociedad y economía de mercado esto se puede conseguir en gran medida a través del empleo, pero no solo. Porque el acceso a un trabajo no tiene solo que ver con el salario y la autonomía económica y bienestar material que les va asociados, aunque cada vez esto se cumpla menos para amplias capas de la población, sino porque es a través del empleo que se acceden a la mayor parte de los derechos sociales en un estado de mal-estar de las características del español.

Hay otras formas, otros modelos de estado de bienestar con derechos más universales y menos ligados a nuestra participación en el mercado de trabajo y que deberíamos de transitar hacia ellos, pero ahora me refiero a nuestro marco institucional, que, por supuesto, querría cambiar en la dirección señalada, hacia la universalidad de derechos. La precarización laboral dificulta aún más que se pueda ganar en autonomía, incluida la vinculada con la ruptura del orden patriarcal.

De hecho, a pesar de que el empleo no es sinónimo de liberación, ahora parece que lo es mucho menos, y en menor medida si cabe, de autonomía. Según los datos del último estudio de la Red Europea contra la pobreza, en España, el 15% de las personas en situación de pobreza están empleadas en el mercado de trabajo. A pesar de ello, eso no nos puede hacer obviar que en una economía y sociedad de mercado como la que tenemos, el empleo ha servido y sirve las más de las veces para ganar autonomía y elaborar un proyecto propio de vida que durante tanto siglos se nos ha negado a las mujeres, algo por lo que hemos luchado tanto desde el feminismo.

Ya desde los años ochenta del siglo pasado, los primeros estudios de desarrollo desde una perspectiva feminista, demostraron la ambivalencia que podía tener la inclusión de las mujeres en el empleo. Diane Elson y Ruth Pearson decían que con la incorporación de las mujeres al empleo las estructuras patriarcales se podían debilitar, reforzar o transformar. Y aquí, es importante hablar de incorporación al empleo porque las mujeres han trabajado siempre. Lo que hemos hecho en estas últimas décadas es cambiar un poco de trabajo, aunque no del todo, como demuestra el que en todos los países del mundo seguimos estando especializadas en mucha mayor medida que los hombres en el trabajo doméstico y de cuidados no remunerado. Los últimos estudios muestran que ha predominado el primer efecto, el de ruptura, pero que no han desaparecido los otros dos, ni estamos a salvo de regresión alguna.

El empleo también da un lugar y un estatus en la sociedad, incluso en el ámbito de nuestras relaciones más cercanas y en nuestra familia. Sería absurdo pensar que en una sociedad de mercado las diferencias en las aportaciones pecuniarias no tienen importancia en los equilibrios de poder en el seno de las familias que forman parte de esa misma sociedad.

Por tanto, si no se cambia el rumbo que están tomando nuestras economías, incluida la española, hacia una mayor mercantilización de todos los ámbitos de la vida, la inclusión pasa por insertarnos en los mercados de trabajo de la manera menos precaria y más digna posible. No hay que olvidar que no nos insertamos igualmente en los mercados y esa desigualdad afecta más negativamente a las mujeres por dos cuestiones.

¿Por qué no nos incorporamos hombres y mujeres al mercado de trabajo de una forma más igualitaria?

Dada nuestra especialización histórica y actual en el cuidado, nos hemos insertado en los mercados de trabajo en situación de mucha mayor precariedad y vulnerabilidad. También en otros mercados, como el crediticio o el inmobiliario, al tener menos ingresos y patrimonio e incluso haber estado históricamente excluidas de la herencia durante muchos periodos de la historia y en muchos territorios. Y aparte, porque cuando avanzamos en procesos de mercantilización –y entre otras cosas disminuye la labor amortiguadora del estado-, se avanza en la individualización del riesgo. Y esto de nuevo tiene implicaciones de mucho calado para las mujeres en tanto en cuanto al estar especializadas en el cuidado y tejer las redes de último recurso, nos convertimos en ese colchón que amortigua las crisis y cambios de ciclo.

Ahora bien, si conseguimos revertir el rumbo de nuestras economías, la inserción social tendría que darse a través del reconocimiento de derechos universales y de todo el trabajo de cuidados no remunerado que se realiza en nuestras sociedades. Mientras esto último no se tenga en cuenta, los derechos universales que diseñemos seguirán teniendo el sesgo patriarcal que tiene nuestro estado de mal-estar.

 

Las políticas educativas, sanitarias, los derechos y el garantizar su acceso y disfrute de manera universal son vías esenciales de inclusión de todas las personas, pero si no tienen un sesgo feminista, seguirán reproduciendo los rasgos patriarcales. Yo lo resumiría en las tres “R” de las que habla Nancy Fraser que son necesarias para alcanzar una sociedad con valores feministas: Redistribución, Reconocimiento y Representación.

 

 

¿Sigue la economía sin entender a las mujeres y la mirada de género? ¿Qué hace falta cambiar?

 

La economía feminista no es una parte de la economía; es una mirada hacia la economía y los problemas económicos. Lo primero que habría que hacer es extender el objeto de la economía incluyendo todos los procesos necesarios para el sostenimiento de nuestras vidas. El sostenimiento de la vida y el bienestar de las personas debe situarse en el centro de la economía y no en la búsqueda de beneficio. Para ello es fundamental que reconozcamos y valoremos el trabajo de doméstico y de cuidados no remunerado y su desigual reparto entre hombres y mujeres, fruto de una naturalización y un esencialismo patriarcal.

Igualmente habría que remover los rasgos de género de la política macroeconómica -como son el sesgo deflacionista, el del crédito, el del riesgo, el del hombre como ganador de pan, o el del conocimiento-… Hay que caminar hacia modelos de bienestar basados en derechos universales y no vinculados a nuestra participación y cotización en los mercados de trabajo.

Tenemos que comprender que el mundo no lo mueve exclusivamente algo tan repugnante moralmente como la codicia, y que no somos seres racionales, independientes que solo buscan su interés personal. Somos también seres emocionales, interdependientes que nos movemos por otros intereses más allá de la codicia. Me refiero a valores como la solidaridad o el amor.

 

* ¿Cómo resolver una economía basada en los cuidados? ¿Qué hay que hacer para que la sociedad (empresas, Estado y ciudadanía) entiendan que la corresponsabilidad es un asunto de todos?

Lo primero: analizar lo que el trabajo de cuidados no remunerado supone en términos de tiempo y las relaciones y desigualdades que se generan en torno a él.

Esos estudios deben ser considerados en el diseño político y de nuestros estados de bienestar, y en la acción política, especialmente la política económica. Necesitamos que se comprenda que no hay nada natural en que las mujeres se encarguen casi en exclusividad del cuidado y que se trata de una labor que también deberían de realizar los hombres, empezando por cuidarse a sí mismos más de lo que lo hacen.

Es importante resaltar el valor de estos trabajos, pero no como se está haciendo parcialmente ahora: para convencer a muchas mujeres de lo importante que es que ellas vuelvan a coger el timón de estos trabajos, sino que los hombres, las instituciones públicas y las distintas iniciativas sociales, lo tengan en cuenta.

La sociedad en su conjunto debe avanzar hacia una organización social del cuidado, que implique corresponsabilidad –y no solo de los hombres, aunque especialmente de ellos en distintos ámbitos-, y que permitan a las personas vivir en dignidad.

Tal vez quién mejor lo ha expresado ha sido Martha Nussbaum al decir: “Toda sociedad ofrece y requiere cuidados y, por tanto, debe organizarlos de forma que den respuesta a las dependencias y necesidades humanas manteniendo el respeto por las personas que lo necesitan y sin explotar a las que están actuando de cuidadoras”.

Hoy, con una organización basada principalmente en el trabajo no remunerado de las mujeres y el trabajo precariamente remunerado -y peor considerado-, de las mujeres, lo que encontramos es una auténtica explotación que además da lugar a una exclusión y pobreza específicamente femenina.

 

¿Las mujeres estamos fracasando a la hora de trasladar este último mensaje?

Tal vez estamos fallando porque no lo estamos uniendo suficientemente con un cambio global de modelo. Y cuando lo hacemos, lo planteamos como una revolución que se puede conseguir en un corto espacio de tiempo, como una guillotina que se coloca en mitad de la plaza de la Bastilla.

Los cambios de modelo económico y del sistema económico que se requieren no son ni pueden ser inmediatos. Las revoluciones económicas llevan mucho tiempo y son difícilmente predecibles en muchos sentidos. Por tanto, tenemos que saber a dónde queremos llegar, pero no poner palos en las ruedas de los avances que se puedan ir logrando. Hay también que consolidar la ruptura de las estructuras patriarcales que permitan a las mujeres ganar en autonomía e incluirse en nuestras sociedades de la forma que les garantice mayor bienestar, dignidad y autonomía de decisión, pero con oportunidades y no simplemente a través de la ficción de la libertad de elección. Necesitamos que revolución no sea incompatible con reformas. Se trata de que cuando afrontemos las reformas, sepamos hacia dónde vamos y, sobre todo, que esos cambios sean radicales para que sea más difícil revertirlos.

Considero primordial avanzar en una organización social del cuidado que permita que mujeres y hombres sean sustentadores y cuidadores, siempre acompañados por un importante desarrollo de los servicios públicos que permiten igualarnos en derechos, así como derechos universales que permitan el desarrollo de iniciativas sociales y plurales que estén guiadas por la lógica del beneficio.

 

Mujeres e historia. ¿Hasta cuándo sin un papel igualitario al hombre?

Necesitamos apostar por una historiografía feminista y demostrar que la inclusión del enfoque de género de manera transversal en toda la producción historiográfica enriquece el conocimiento del pasado y nos devuelve una imagen del pasado más real. Para ello, aún tenemos que cambiar los temas, las preguntas, las fuentes… Queda mucho camino, pero desde la historiografía de las mujeres, feminista y de género se han dado muchos pasos. Avances que de nuevo no son irreversibles, como el anuncio que hemos tenido recientemente de que la Unión Europea va a hacer desaparecer el eje temático de estudios de género de la financiación de sus programas de investigación. Si esto es así, los sistemas nacionales irán a la saga y transitaremos en la dirección opuesta a la que necesitamos.

 

¿Qué papel estamos jugando en política, donde las políticas feministas reales (más allá del papel) suelen estar ausentes?

 

Muy poco. Estamos cabalgando, dando la lata, que no es poco, pero todavía nuestra lucha tiene un reconocimiento limitado en el cambio de las reglas de juego.

Primero, porque estamos en una sociedad patriarcal y es muy difícil romper el sistema. Segundo, porque muchas feministas que se acercan a la política lo hacen vinculadas a una doble militancia. Y hasta ahora, cuando se tienen que posicionar lo suelen hacer con sus organizaciones políticas patriarcales, con sesgos claramente anti-feministas. Y tercero, por citar alguna cuestión más, porque el movimiento feminista sigue teniendo grietas importantes que nos impiden construir un sujeto político feminista esencial para poder avanzar en la transformación social por la que aboga el feminismo.

 

Dentro de EcoEcoFem defiendes una mirada crítica a la economía, el feminismo, la ecología y el desarrollo, temas con poco espacio en los medios y todavía muy mal comprendidos. ¿Qué te anima a ello?

Pues precisamente eso, que son temas marginales sobre todo cuando se incluyen de manera transversal y no profunda. El feminismo y la ecología política tienen mucho que aportar al mundo que necesitamos.

Me anima el haber entendido siempre, sobre todo ahora que voy cumpliendo años y que tengo una posición académica consolidada, que una o un académico no pueden encerrarse en su torre de marfil y enredarse en el bucle de las citas entre colegas y en la circularidad de las disciplinas. Tengo claro que hay que intervenir desde el privilegio que da tener tiempo para estudiar y formación para analizar la la sociedad en la que nos ha tocado vivir. No lo dudo, es necesario comprometerse con la transformación social para avanzar hacia un mundo más justo,  igualitario y más sostenible medioambiental y socialmente.

Tags: , , , , , , , , , , ,