Inma Aguilar: “Para las mujeres, en drogas, no vale un modelo pensado para hombres”

Reconoce haber tenido días de pánico, cuando trató a sus primeros heroinómanos, dentro y fuera de la cárcel. No obstante, señala Inma Aguilar, rápidamente supo que tenía un lugar entre ellos para dignificar y profesionalizar su atención.

Dicen que cuando empezó a trabajar el mundo de las drogas, y lo hizo de lleno, podría haber sido la joven a la que se refería Burning en su famoso tema “¿Qué hace una chica como tú en un sitio como este?”. “Estábamos en pleno monte, sin luz, sin agua y ‘rodeada de yonquis”, recuerda entre risas que apuntillaba su padre al relato de cómo arrancaron. Con apenas 24 años se encontró de lleno con las muertes de la heroína y luchó para que la intervención social fuese de calidad. No lo era hasta entonces. Años más tarde, entró en prisiones, dos años en los que cuenta que hasta ella se asustaba de lo que vivió: prisiones, vulnerabilidad y personas con graves problemas de consumo. De la trena pasó a dirigir una de las primeras comunidades terapéuticas existentes en España, la de Barajas. Hoy es la responsable de un centro para la Tercera Edad de Sanitas. En todos estos años ha estado siempre cerca de la Fundación Atenea, de la que es patrona.

Dirigiste una de las primeras comunidades terapéuticas en una época en la que la visión era principalmente heroinómanocentrica. ¿Cómo han cambiado las cosas?

Yo diría que no han cambiado tanto. En su momento cambió la vía, sí, la aguja. Porque el sida alteró el patrón del consumo, pero hoy hay otras dependencias. Ya en el 1993, invitada a Estados Unidos, se extrañaban de que aquí el boom de la cocaína no hubiese llegado, cosa que ocurrió años más tarde. Luego cambiaron las sustancias, y los patrones de consumo. Se pasó de un consumo a otro, incluso a consumidores puros de alcohol, que es algo con lo que convivimos hoy. Se ha convertido en un consumo más socializado que entonces, pero los problemas y su origen son muy similares.

¿No hay por lo tanto lecciones aprendidas de lo que representaron aquellos años y tanta muerte?

Si hubiésemos aprendido hubiésemos frenado los consumos que vinieron después.

Los 80 y 90 fueron una brutalidad. Ni se sabía qué era un heroinómano. Yo por ejemplo, vi a mi primer heroinómano el primer día que trabajé. Aquello se llevó muchas vidas y destruyó familias enteras. Lo que sí es cierto es que actualmente el consumo está más regulado y se cuenta con más medios y recursos para alguien que lo necesite, aunque también ha habido recortes que han reducido opciones. Aparte, la información ha jugado un papel en cuanto a sus consecuencias. Pero, repito, cuidado con el problema del alcohol u otros consumos de población vulnerable.

¿A qué te refieres?

Al consumo de drogas ligado a temas de género, por ejemplo. Cuando yo trabajaba en este campo no se entraba en ese tema. Ahora sí, y hay un problema de salud con el alcohol, los tranquilizantes…

La Fundación subraya la importancia de trabajar drogas con perspectiva género. ¿Por qué ha de hacerse?

Es fundamental. Y los motivos son claros: nos educan de formas diferentes y si los valores son diversos, no vale un modelo pensado para hombres. Y eso ya se veía en los años en que yo trabajaba en drogodependencias. Llegaban mujeres, sí, pero pocas, y se sentían discriminadas y desvinculadas. Porque o tenían que actuar bajo patrones masculinizados o pasar al papel de mujer sumisa y ser un cuerpo para venderlo o para los cuidados.  En la actualidad, la socialización de los consumos existentes ha supuesto un mayor porcentaje de mujeres entre los consumidores.

¿Y qué habría que hacer para prevenir el consumo entre los jóvenes?

Es complicado, porque hay una edad en que la experimentación forma parte de la vida. El riesgo está cuando un joven lo hace con las drogas, estas cumplen una función y se queda ahí. Y esto vale para las sustancias o para conductas como la ludopatía y otras, la base es la misma, no hay que centrarse exclusivamente en el consumo de sustancias. Tenemos que ofrecerles otras alternativas de ocio, de ayuda, de compartir. Pero es algo que tampoco es nuevo. El problema es que la expansión y casi imposición del modelo biomédico ha reducido la presencia y el peso de programas orientados al cambio personal, como la comunidad terapéutica, y eso es un error importante en términos estratégicos; debería recuperarse la visión biopsicosocial porque ofrece un abordaje mucho más integral de las necesidades, tanto desde la prevención como desde el propio tratamiento.

Ahora trabajas en la esfera privada. ¿Cómo debe ser la relación entre lo privado y el Estado?

Yo lo veo fácil: ambos mundos deben reforzarse. Lo público tiene sin lugar a dudas una función que cumplir y debe estar sin ningún tipo duda. Y lo privado, por su parte, puede llegar donde no llega el Estado con otra gestión, formas y maneras.

¿Qué papel juegan ahí las fundaciones como Atenea?

 De nuevo, llegan donde quizás no llega ni lo público ni lo privado. Y sí, a veces están cubriendo un espacio que debería ser del Estado.

¿Qué te aporta ser patrona de la Fundación?

Conocimiento. La Fundación me permite reflexionar, aprender y seguir conectada al mundo de la exclusión social o de la población que está en riesgo de serlo. Es un lujo poder estar en ella rodeada de gente tan valiosa, y lo digo tanto por su directiva como por las personas que llevan a cabo sus programas, un auténtico lujo. FIN

 

 

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