Jóvenes universitarios, agentes de prevención de conductas adictivas

Probablemente han sido muchas las consecuencias sociales que la última crisis económica ha originado en la población. De ellas, una que parece no atenderse es la prevención del consumo de sustancias o las conductas adictivas.

Han pasado muchos años desde que se abordó masivamente los estragos que estaban produciendo el consumo descontrolado de drogas, sobretodo de opiáceos en su vía intravenosa; y se tomó conciencia de las dificultades por las que se puede pasar cuando el consumo de sustancias no viene acompañado de información. Por otro lado, la aparición del VIH, junto a los estereotipos del “yonqui”, el aumento de la inseguridad ciudadana asociada a la delincuencia “quinqui”, y la desestructuración por la que pasaban muchas familias, contribuyeron a alimentar el mito de la “droga”. Sin valorar lo acertado del mito, ello favoreció la toma de conciencia del conjunto de la población y las administraciones se tomaron en serio la prevención como una parte fundamental en el  abordaje profesional de lo que estaba sucediendo.

Muchos años después el fantasma parece que ya no existe. Al “yonqui” fenómeno que tiene más que ver con un estilo de vida de causas psicosociales que con la sustancia consumida, ya no se le ve tan a menudo en las calles y plazas de la ciudad, los estereotipos han cambiado, la inseguridad ciudadana se ha reducido y el miedo al VIH ha desaparecido. Sin duda el avance en la investigación médica y la aparición de fármacos que impiden un desenlace fatal de la enfermedad han influido en esta percepción.

A la vista de este panorama, no es de extrañar que la prevención de las adicciones y el daño asociado al consumo fueran, por tanto, una de las áreas más afectadas por la crisis. Muestra de ello fue el cierre de uno de los programas emblemáticos de la Fundación: PIUMAD, el programa de Intervenciones preventivas en entorno universitario. Años después suenan nuevas alarmas: intoxicaciones etílicas de menores, resurgimiento del consumo de opiáceos, aumento del contagio de VIH, nuevas conductas adictivas (redes sociales, TIC …) que si bien no demuestran una tendencia al alza del consumo, sí son ejemplos de que los programas preventivos y de reducción del daño siguen siendo necesarios. Sobre todo, si este tipo de objetivos no se trabajan como parte fundamental en la formación de los jóvenes.

Tan es así, que al volver a poner en marcha el PIUMAD en el último trimestre del año 2017, la acogida que hemos tenido por parte de la comunidad universitaria ha sido sorprendente. En apenas tres meses de programa se formarán más de cuarenta jóvenes como agentes de salud, contando además que se han tenido que quedar fuera alrededor de más de treinta por falta de tiempo y espacio. El entorno universitario contiene estos dos aspectos aparentemente contradictorios: un espacio tradicionalmente asociado al consumo festivo y la experimentación de sustancias, pero carente de programas amplios de prevención; y un lugar donde este tipo de programas son acogidos con entusiasmo si se realizan con la plena participación de los propios sujetos de la intervención.

El programa combina varias de las estrategias metodológicas de prevención que en su momento resultaron exitosas en la fundación: formación de agentes de salud, bola de nieve y procesos comunitarios de intervención. En resumen, el programa basa su actuación en dos principios fundamentales: La formación de jóvenes universitarios como agentes mediadores en salud para la prevención en el consumo de drogas y la participación directa de los mismos en las acciones de prevención en el entorno universitario.

“No solo se forma a los y las jóvenes como agentes, sino que para ello se les motiva a que actúen como tales mediante el desarrollo de acciones preventivas que lleguen a la mayor cantidad de usuarios/as de la universidad”, explica Mariano Barba, coordinador del programa.

La formación está acreditada por el Instituto de Adicciones del Ayuntamiento de Madrid, y en algunos casos equivaldrá a un crédito de libre disposición. Aun así se ha pretendido huir de una visión excesivamente académica, buscando la construcción colectiva del conocimiento a partir de la experiencia de los/as propias participantes, lo que está propiciando en palabras de Zoraida, técnica del programa, “un clima de satisfacción general amenizado con debates, dinámicas participativas, técnicas manipulativas y galletitas…”. El contenido técnico, así como la bibliografía fundamental, se aporta mediante un dossier de contenidos.

“Lo que da sentido no obstante al programa es la generación de actividades preventivas por parte de los propios jóvenes”, apunta. Ello genera una multiplicidad de acciones, mayores que las que hubiera podido conseguir una campaña sola y unidireccional; y una transmisión de conocimientos, valores y estrategias de enfrentamiento al consumo, entre iguales, transmisión que se considera mucho más accesible que la que pudiese proporcionar un organismo o institución por sí sola.

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