En algún momento, durante el desempeño de la actividad, cada profesional de la acción social se ha cuestionado si su trabajo ha generado impacto, si tiene validez para las personas a las que se dirige, si el valor aportado podría medirse o si ese impacto que a vista de todo el mundo parece invisible, en algún momento podrá hacerse visible y por tanto reflejar la realidad y la mejora que tantas personas experimentan tras participar en programas sociales.
En el día a día, se entremezclan las acciones de intervención directa, con la recogida y registro de información más administrativa que posteriormente facilitan la contabilización de los resultados comprometidos en el programa. Pero, la asistencia de 20 personas a un taller, ¿qué implica?, ¿qué valor les aporta?, ¿es el mismo valor que se ha identificado a priori en el programa?
Y es que las métricas de realización y seguimiento habituales en la intervención, no ofrecen esa información para medir un impacto mayor, aquello que ha generado algo valioso. Algo que las personas participantes pueden considerar valioso. ¿Cómo medimos el aumento de la autoestima, la autonomía recuperada o la red de apoyo construida?
Y ese valor percibido ¿es percibido de igual manera por hombres que por mujeres? y por tanto, ¿impacta de manera diferente? y ese impacto, ¿genera desigualdades entre mujeres y hombres?
Ahí reside el gran reto, medir lo transformador y comprender cómo transforma, a mujeres y hombres.
Medir el impacto social explica numéricamente ese valor aportado, esa transformación real que ha contribuido a la mejora del bienestar de una persona. Siendo la perspectiva de género la herramienta imprescindible para entender esos efectos en hombres y en mujeres, porque todo lo que afecte directa o indirectamente a personas, es pertinente al género.
Si evaluamos nuestras intervenciones con indicadores pretendidamente «neutros», corremos el riesgo de perpetuar las mismas desigualdades que intentamos combatir. Sabemos que la realidad no afecta de la misma manera a hombres y mujeres, y las brechas estructurales condicionan profundamente los resultados de cualquier programa social.
La integración de la perspectiva de género ayudaría a desglosar los datos de forma cualitativa, su análisis nos ayudaría a entender no sólo, cuántas personas participan, sino quiénes se quedan fuera y por qué (corresponsabilidad, cuidados, brecha digital, violencia). Ayudaría a valorar los cambios intangibles, registrando sus opiniones, vivencias, usos de los tiempos, toma de decisiones, etc. Y también ayudaría a cuestionar nuestras propias metodologías, las herramientas de registro y análisis.
Medir el impacto con perspectiva de género no es fiscalizar ni añadir más burocracia a nuestro día a día. Es una cuestión de justicia social y rigor profesional. Implica dotar de valor económico, político y comunitario a aquellos procesos de cambio que la sociedad suele pasar por alto.
Hacer visible lo invisible nos da argumentos para exigir mejores políticas públicas, nos ayuda a rediseñar proyectos más eficientes y, sobre todo, devuelve a las personas participantes el reconocimiento del camino recorrido.
El impacto está ahí, ocurriendo cada día en cada taller, en cada acompañamiento y en cada escucha activa. Solo necesitamos las gafas adecuadas para empezar a nombrarlo y medirlo.
En el día a día, se entremezclan las acciones de intervención directa, con la recogida y registro de información más administrativa que posteriormente facilitan la contabilización de los resultados comprometidos en el programa. Pero, la asistencia de 20 personas a un taller, ¿qué implica?, ¿qué valor les aporta?, ¿es el mismo valor que se ha identificado a priori en el programa?
Y es que las métricas de realización y seguimiento habituales en la intervención, no ofrecen esa información para medir un impacto mayor, aquello que ha generado algo valioso. Algo que las personas participantes pueden considerar valioso. ¿Cómo medimos el aumento de la autoestima, la autonomía recuperada o la red de apoyo construida?
Y ese valor percibido ¿es percibido de igual manera por hombres que por mujeres? y por tanto, ¿impacta de manera diferente? y ese impacto, ¿genera desigualdades entre mujeres y hombres?
Ahí reside el gran reto, medir lo transformador y comprender cómo transforma, a mujeres y hombres.
Medir el impacto social explica numéricamente ese valor aportado, esa transformación real que ha contribuido a la mejora del bienestar de una persona. Siendo la perspectiva de género la herramienta imprescindible para entender esos efectos en hombres y en mujeres, porque todo lo que afecte directa o indirectamente a personas, es pertinente al género.
Si evaluamos nuestras intervenciones con indicadores pretendidamente «neutros», corremos el riesgo de perpetuar las mismas desigualdades que intentamos combatir. Sabemos que la realidad no afecta de la misma manera a hombres y mujeres, y las brechas estructurales condicionan profundamente los resultados de cualquier programa social.
La integración de la perspectiva de género ayudaría a desglosar los datos de forma cualitativa, su análisis nos ayudaría a entender no sólo, cuántas personas participan, sino quiénes se quedan fuera y por qué (corresponsabilidad, cuidados, brecha digital, violencia). Ayudaría a valorar los cambios intangibles, registrando sus opiniones, vivencias, usos de los tiempos, toma de decisiones, etc. Y también ayudaría a cuestionar nuestras propias metodologías, las herramientas de registro y análisis.
Medir el impacto con perspectiva de género no es fiscalizar ni añadir más burocracia a nuestro día a día. Es una cuestión de justicia social y rigor profesional. Implica dotar de valor económico, político y comunitario a aquellos procesos de cambio que la sociedad suele pasar por alto.
Hacer visible lo invisible nos da argumentos para exigir mejores políticas públicas, nos ayuda a rediseñar proyectos más eficientes y, sobre todo, devuelve a las personas participantes el reconocimiento del camino recorrido.
El impacto está ahí, ocurriendo cada día en cada taller, en cada acompañamiento y en cada escucha activa. Solo necesitamos las gafas adecuadas para empezar a nombrarlo y medirlo.
Pero, “¿y cómo se mide?”



